Adiós, Gabo.

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Gabriel García Márquez murió a sus 87 años el día de hoy en el Distrito Federal a causa de problemas respiratorios.  Autor de obras maestras como 100 Años de Soledad y Crónica de una Muerte Anunciada, fue premio Nobel de Literatura y uno de los más grandes orgullos de las letras en el mundo.

Él era uno de los nuestros; en Notas de prensa (1984, pág. 345) dijo:

“Tengo más discos que libros. Para el estupor de mis amigos, tengo una colección de música del Caribe -que es, de todas, sin excepción, la que más me interesa-. Desde las canciones ya históricas de Rafael Hernández y el Trío Matamoros, los tamborinos de Panamá, los polos de la isla Margarita, en Venezuela, o los merengues de Santo Domingo. Y, por supuesto, la que más ha tenido que ver con mi vida y con mis libros: los cantos ballenatos de la costa del Caribe de Colombia.”

Y es que, según manifiestan los entendidos, su literatura nació a partir de la música. El epígrafe de El amor en los Tiempos del Cólera, por ejemplo, es tomado de una de las letras de Leandro Díaz. Y no es de extrañarse que una de sus primeras notas como periodista comenzara así:

“No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento.”

Gabriel tenía historia con el acordeón.  Para Cromos (Bogotá 1994, pág. 104) platicó:

“Vi muy niño el primer acordeonero, de los que salían de la provincia, contando las noticias de su región. Yo recuerdo haberlo visto la primera vez porque era un viejito que estaba sentando en una especie de feria, y tenía el acordeón en el suelo al lado de él y yo no sabía qué cosa era esa y me quedé esperando hasta que de pronto él sacó el acordeón (…) y empezó a contar una historia y para mí fue una revelación: cómo se podía contar historias cantadas, cómo se podían saber de otros mundos y de otra gente a través de una canción.  Después descubrí la literatura y me di cuenta que el procedimiento es el mismo.”

Sustrato musical y envoltura verbal, esa era su eficacia nominativa para volver a decir lo mismo y aderezarlo con los toques sentimentales típicos de García Márquez, que luego llegan a desbordarse de cursilería, típica de su otro gran influjo musical: el bolero.   Se apropiaba de los elementos básicos del folclor local y los iba transformando dentro de la estructura culta de la obra literaria.

Según sus propias palabras, “Cien años de soledad no es más que un vallenato de trescientas páginas”.

El comienzo de La mala hora contiene serenatas, letras de canciones, y un Pastor que toca su clarinete. La música, para García Márquez, parecía señalar otro lugar mejor, donde la convivencia era factible y donde el espíritu permitía sobrellevar y trascender el peso de una violencia sucia y milenaria.  Si el músico es asesinado en esta obra, en la de Cien Años de Soledad, el italiano Pietro Crespi, también tendría un destino trágico: terminó suicidándose entre los rollos de su pianola.  En Del Amor y Otros Demonios, la música sigue manteniendo sus propiedades lenitivas como en el caso del licenciado Abrenuncio de Sa Pereira Cao, el médico que en otros tiempos solía tocar el arpa a los enfermos para sedarlos con la música.

Ahí van quedando los músicos, en el asesinato o en el suicido, como emblemas de una pureza intolerable.  Se podría seguir así, indefinidamente, revisando cómo documentó la música en la historia de sus personajes.

La música tuvo un papel decisivo, tanto en su vida como en su obra, eso es un hecho. Y sin duda sus letras, como la música, tendrán vida infinita.  Hoy se fue García Márquez; nos limitaremos a seguir leyéndolo, como quien escucha una canción.

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Fuentes:
http://www.bbc.co.uk/mundo/
http://www.sinembargo.mx/17-04-2014/965762
http://es.wikipedia.org/wiki/Gabriel_Garc%C3%ADa_M%C3%A1rquez
J.G. Cobo Borda “García Márquez y la música”, revistas.ucm.es
http://www.expedicionpadilla.com/sites/default/files/GABRIEL%20GARCÍA%20MÁRQUEZ

 

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